Había algo cruel en Tokio algunas veces. Podías notarlo si extendías la mano, pero nunca se dejaba atrapar entre tus dedos. Ella lo sabía también, y solía decírmelo cuando, armado de café y caramelos de menta, subía los dieciséis pisos que la separaban del asfalto caliente.
-A veces lo huelo antes de que llegue - solía comentar, mientras cocinaba algo que nunca llegaríamos a comernos.
Yo ladeaba la cabeza y sin sonreír, le decía que estaba seguro de que en realidad lo que olía venía de otra parte, y que Tokio era tan amable como cualquier otra ciudad del mundo. Entonces ella dejaba de cocinar, me miraba fijamente, y, aún sin mudar el gesto, algo cambiaba en su interior y se inundaba de pena.
-¿Tú no lo hueles? - me preguntaba al fin.
Sus ojos se abrían, aspirando el olor rancio que flotaba en la habitación, y yo aspiraba también, notando aquello que no quería reconocer, la certeza de que ambos estábamos atrapados en una ciudad que no lográbamos entender.
-Yo no huelo nada - le respondía, sabiendo que ella podía ver en mi interior tanto como yo era incapaz de ver qué habitaba dentro de su cuerpo.
No insistía, pero ya no volvía a ser lo mismo. Se nos enfriaba la comida en el plato y, aunque hacíamos el amor dos y tres veces antes de marcharme de allí, nunca estaba del todo conmigo. Así que le pagaba el doble, para el viaje de vuelta del interior de sus sueños, e incluso de vez en cuando, antes de salir por la puerta para tratar de olvidarme del tacto áspero de sus huesos, abría la ventana para dejar salir aquel olor cruel que tanto nos aterraba.
(y esto de regalo)