Clarea el día sobre ese Tokio ausente que tanto la aterra a veces. Desnuda, enmarcada en la penumbra de la habitación, Saeko sacude la miseria de sus ojos mientras sorbe los restos de la cena.
-Es a veces una ciudad distinta - dice.
Lo es, ambos lo sabemos. Más allá del fantasma y de las luces, de la calle y de esa masa de cuerpos enrarecidos que nos miran con los ojos opacos, hay algo que calma nuestra carne y la adormece como a un niño.
-Tan distinta como difícil de encontrar - le digo yo.
Saeko sonríe. Tiene la sonrisa bonita, aunque nunca se lo he dicho.
-Supongo que no miramos como debiéramos. O yo no miro como debiera. A veces salgo y recorro sus calles, y siento el calor del asfalto bajo los pies. Me atraviesa las sandalias y se me pega a los talones, y luego cuando vuelvo aquí y me toca desnudarme, comprendo que es precisamente ese calor el que me mantiene a flote. Aún cuando quiero huir, lo busco y me calma.
-Quizás sea lo que nos retiene aquí, el miedo de pensar que en cualquier otra parte no lo encontraremos. Que si nos vamos, los fantasmas nos arrastrarán con ellos y ya nada podrá salvarnos. Que Tokio hiere, pero otro lugar heriría más - le digo, más hablándome a mí mismo que a ella.
Saeko sacude la cabeza, deja el tazón mediado sobre la pequeña cocina americana, y, ya sin sonreír, se pone la ropa interior y se sienta conmigo junto a la cama.
-Debes irte. Ella debe estar esperándote - me dice.
Busco en sus ojos grandes la pena de dejarme, pero no la encuentro. Saeko se da cuenta y se encoje de hombros, sabiendo que más allá de sus ojos oscuros hay un mundo al que yo no consigo llegar.
-Ojalá un día me pidas que me quede - le digo, anudándome la corbata.
Ella vuelve a sonreír.
-Quizás entonces habría demasiados fantasmas en la habitación, ¿no te parece?