L (de Lola)

Solías cocinarme la entrepierna con tus carnes morenas. Con aquel lunarcillo en la barbilla y los pucheros que, a media mañana, calentabas en el fuego para calmarnos el hambre de lobo que solíamos traer a tu taberna. Aquellos muertos de hambre, que decías tú, que se echaban el vinillo al gaznate y daban cuenta del asado como si no hubiera un mañana. Tus muertos de hambre, Lola, a los que tanto querías y que tanto te querían a ti.

Ninguno acertó a ver la desgracia dentro de tus ojos, sin embargo. Yo la atisbé a veces, en medio de un bolero, cuando tu cuerpo caliente se pegaba al mío y podía notar tu sudor a través de la camisa. Te miraba entonces, negra como el ala de un cuervo, prietas las caderas bajo la tela floreada de tu falda, y me daba cuenta de que algo enrarecía el sabor de tus labios. Que sabías como siempre, pero dejabas el trazo de lo amargo en el fondo de la lengua.
Y aunque te mecía entre mis brazos y te dejabas querer, ya no estabas allí, ni tú ni tu carne ni el olor tenue de tu sudor en mi camisa. Solo quedaba la hembra, la funda de tu falda, y cierto aroma a jerez de cocinar que, aún después de tantos años, me sigue recordando que hubo un día en que hubiera dado mi vida entera por ti.