Sabía poco de ti por aquel entonces. Que eras mordaz y valiente, que te gustaba la sopa recalentada y hacer el amor en el jardín cuando el calor del verano atenazaba nuestras gargantas. Que rabiaba en tu carne el hambre, lo atroz de una herida mal curada, la guerra y el llanto. Y que, sin embargo, seguías estando ahí, sin doblar el espinazo, sacudiéndote las miserias cuando nadie miraba para hacernos creer a todos que a ti a valiente no te ganaba nadie.
Sabía poco de ti, por aquel entonces, pero pese a todo no había nadie que te conociera más que yo, ni que te quisiera tanto. Y tú lo sabías, y quizás por eso acabaste por huír como huyen todos los animales salvajes cuando intentas apresarlos.