Nunca hablaba de sus elefantes, pero a veces podía intuir en sus ojos rasgados cuánto los echaba de menos. Cuánto echaba de menos aquel mundo amable de otro tiempo, aquel circo que la había recogido siendo tan pequeña y que había hecho rodar sus huesos por lugares que hoy parecían más lejanos que nunca.
-¿Crees que se irá algún día? - solía preguntarle a Charlotte.
Ella me miraba y se encogía de hombros, mientras el vestido se le ajustaba a la cintura. Reparaba yo entonces en su forma de mirarme, y ese miedo atroz, el desastre en los ojos de Naoko, se perdía para dar lugar a aquella mujer salvaje que nos calmaba a todos con el eco ronco de su voz. Y aunque no dijera nada, aunque la levedad de su gesto no terminara de explicar qué sentía ella sobre Naoko y su nostalgia, yo sabía que estaba segura de que nunca se iría. Que a Naoko le hería el pasado, pero que el presente sanaba su llaga lentamente, y que quizás yo, más que ninguno, lo hacía posible.
-Ella te quiere, Teo. A su manera, ya sabes. Quizás sea la manera japonesa - decía Charlotte al fin, después de sorber el café caliente, el café que Enrique preparaba para ella todas las mañanas.
-¿Hay una manera japonesa de querer? - preguntaba yo como un tonto.
Y ella se reía y decía que sí, que claro que la había. Igual que ella quería a la francesa y Enrique a la española, igual que los muchachos del circo ruso querían de aquella forma ruda y distante, fría como sus largos inviernos.
-¿Y yo? ¿Cómo quiero yo? - acababa por preguntarle, sonriendo como solía hacerlo cuando la vida se portaba bien conmigo, sin darme cuenta de que lo hacía pero notando ese calor bueno que trae consigo una voltereta del estómago.
-Tú quieres como los animales y los niños. Sin pedir nada a cambio.