m

A veces éramos valientes soldados en el frente, y tú lo sabías. Aquellos muchachos, solías decirme, aquellos muchachos no saben nada de la valentía. Entonces me mirabas y reías con tu risa franca, tu risa grande y fuerte salida del fondo de tu estómago, y yo comprendía cuánta razón tenías. Qué sabrán ellos de la vida, me decía al fin, qué sabrán esos muchachos bien vestidos, con sus zapatos de cordones y ese aire de no haber roto un plato en su vida. Qué sabrán comparados con nosotros, Coco, que nos sabíamos el mundo de memoria, que lo teníamos ahí donde queríamos que estuviera. En el hueco de nuestras manos, caliente y húmedo como tu sexo cuando te hacía el amor en la cocina.

Éramos valientes, Coco, ya lo creo que lo éramos. Desnudos y vestidos, en el metro por las noches y en la cama aquellas mañanas largas con el estómago revuelto. Éramos valientes porque nos enfrentábamos a las cosas, nos encaramábamos a la revolución y huíamos del olor denso y fuerte del sudor de todos aquellos muchachos que se alistaban en una guerra que no era la suya. Huíamos a la carrera, como locos, a caballo con el caballo y con tu risa franca y fuerte, esa risa que hoy me rebota contra las tripas y me sacude los huesos hasta hacerme llorar. Esa risa de Berlín, la risa de todos aquellos que creímos que más valía vivir rápido que morir por una bala de cañón. Que preferimos el fantasma a la herida tumefacta de una vida sin nada por lo que vivir.

-Y teníamos razón - me decías tú años después, recortada contra las paredes como un animal herido - Pese a todo teníamos razón. Porque ya lo creo que vivimos, ¿eh, Bird? Ya lo creo. Teníamos alma, un alma grande que podía con todo. ¿Y qué tenían ellos a cambio? Dime, Bird, ¿qué consiguieron ellos al final de todo?
Y yo miraba tus brazos marcados, aquella media sonrisa que ya nunca reía, y aunque no me sentía valiente, aunque hacía mucho tiempo que había olvidado qué era sentirse valiente, sabía que tenías razón. Porque tú siempre la tenías, Coco. Siempre, dijeras lo que dijeras.