Contaba trece años cuando la conocí, si bien aquellas piernas de corza presumían tener algunos más. Nunca me dijo que fueran trece, pero se intuían en el mohín de la boca al protestar y en aquella forma de bajar la mirada, a medio camino entre el ensayo y lo natural, que tan loco me volvía y que, sin embargo, fue lo que me separó de ella. Su forma de mirar y sus trece años, y aquellas piernas gozosas que hoy encuentro en ti como reencarnadas, como si tú fueras ella y ella tú, tan alejadas en el tiempo y, sin embargo, tan cerca la una de la otra.
Carmen fue la única niña de mi vida. La única y, sin embargo, el rastro que busqué en los ojos de otras muchas durante muchos años, hasta que Lola y sus carnes aparecieron en mi vida y en mi memoria, y me sacudieron la capa espesa de desastre que aquella muchacha dejó en mis manos.
Tardé en hablarte de ella, quizás por miedo, quizás por el bobo temor de quien cree resucitar un fantasma mentándolo con la punta de la lengua, pero cuando lo hice ya no pude parar, no tanto por el calor abrasador de su recuerdo sino por la luz viva que desató en tus ojos el que te hablara de ella. Porque reconociste en Carmen a una igual, aún cuando le sacabas una cabeza y unos cuantos años, y saberme a mí bordeando la juventud de la mano de aquella criatura, conocerme de una guisa que no conocías, recién nacida mi pluma y aún coleando lo que había sido mi adolescencia, te estremecía hasta la lágrima.
Y así me lo decías, siempre, cuéntame más, cuéntame de Carmencita que me calientas no sabes cuánto, y yo la devolvía a la vida en todos los sentidos, arrancándola de esa tumba que tan pronto se la llevó y metiéndola en nuestra cama, al calor de tu cuerpecito menudo, para hacerte reír y reír yo contigo. Para pasar las tardes entre fantasmas amables y todo lo vivo de tu cuerpo, y olvidar, por un momento, lo fría que se quedaba mi cama cuando tú salías de ella.