Francesca

Lleva la nuca despejada. Zapatos de hombre acharolados y el vestido húmedo, preñado de la bruma que desciende por el río. No sonríe, pero en sus pupilas se abre una brecha caliente, un algo que se come las palabras e invita a sacudir la cabeza, como quien comprende sin una sola letra.
Sabe que la miran, pero no atiende al color de todos esos ojos. Los suyos se nublan, parpadean, buscan entre la luz de la tarde a alguien que no aparece. Rebuscan entre el recuerdo, entre los olores de la calle atestada de ruidos, entre la ciudad más mundana que conoce. Y, sin embargo, no acierta a encontrar. Sea lo que sea, se pierde en el horizonte, entre los toldos de las tiendas y el viento que mece mansamente el agua del río.

Me habría gustado hablarle entonces, aún sin estrenar, acariciada por la brisa como un junco. Me habría gustado probar fortuna y sin embargo no lo hice. Quizás a sabiendas, quizás como quien sabe que la ruina se halla tras las pupilas más tiernas. Quizás porque aún me quedaba algo de amor propio en aquel tiempo, o precisamente porque había carecido de él toda mi vida. El caso es que no lo hice, no hablé, y fue ella quien acudió en mi busca, sombrero en mano. Fue ella la que abrió la boca y el alma, la que hizo rodar la ruleta e, intuyendo el desastre, se alejó de mí antes de que el barco naufragara.