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Habla un japonés fluido. La rusa, allá en el puesto de pescado. Habla por encima de las voces de los hombres, sobrevolando la luz tenue que dora las carnes y las flores, que envuelve el puerto en ese aroma caliente y denso que se pega a la piel y se presiente en la casa cuando ella vuelve.
Alguien responde en su idioma. El ruso se alza, corta el aire, azota la luz y la dispersa. Y ella se vuelve y abre la boca, respirando fuerte, abombando el vestido a la altura del corazón, en un pecho que se calienta con las horas y se abre a los sonidos que conforman la ciudad. Pero no dice nada. El pecho abierto, la carne expuesta a los ojos de los demás, el cerdo que se agria y las flores, las flores de colores, los rosas de poniente, todos callan ante el ronco sonido del ruso en el aire. Ese ruso que le es familiar y, a la vez, tan lejano resulta, tan de otro planeta, de uno al que perteneció cuando era niña, cuando era flaca y enjuta. El ruso que una vez fue su lengua y que ahora se le traba al pronunciar, que le deja una amargura en la boca que solo es capaz de quitar el sonido limpio de ese japonés que me ata a ella.
-Eres tú. Tú, después de tanto tiempo - se alza la voz hasta el cielo.
El pescado vuelve los ojos, sus ojos acuosos infectados de muerte. Los ojos de ella, la misma mirada, la misma vista que lagrimea ante el temor de lo que tiene delante.
-Se equivoca. No soy yo. No - susurra.
Aprieta las flores contra el pecho y tiembla. Allí el fantasma, de nuevo, allí la voz que ahora es humo entre las calles. Está sola, sola, tan sola como lo ha estado siempre, y sin embargo allí sigue el fantasma, esa voz que a ella no le sale aunque lo intente. Y entonces corre, cae el pescado, las flores, pierde la sandalia en una huída loca, la de sí misma, la que siempre retorna a ella pues la lleva dentro. La huída que la devuelve a mí, a ese piso dieciséis sobre las alturas, a la cama y al sexo abierto, a la calma que suponen mis brazos. Corre hasta perder el aliento, hasta dejar el ruso atrás, y cuando abre la puerta del apartamento y me encuentra allí sentado, esperándola, se deja caer y llora todo lo que no ha llorado en toda su vida.