Apretaba el veranillo bajo sus faldas, allá donde, a ras de liguero, terminaba la media que blanqueaba sus carnes morenas. Apretaba hasta el desmayo, y yo detrás, con el agua al cuello y esa gana de revolcarla por el piso que me entraba cuando sacudía sus caderas a golpe de cuchara y risa. Y es que vaya risa, señores, vaya risa que se gastaba mi Lola en aquellos tiempos, cantarina y atroz, de las que levantan a los muertos si una se lo propone. La clase de risa que a mí me alegraba el corazón y que a ella tan poco le costaba sacar cuando le dabas cariño.
Fue Lola una mujer de las de gesto pronto y amable. De las de buscar la migaja bajo la cama y encontrar la hogaza entera encima de las mantas. Sin proponérselo, o todo lo contrario, sabía hacerse querer y querer ella con toda su gana, con la suya y con la mía, con lo que hiciera falta. Porque ahí donde la ves, con la lumbre en el fondo de los ojos, salida de quién sabe qué bajo fondo, enternecía a cualquiera con sus faldas de flores y ese deje cubanito que le lustraba la voz cuando se ponía mandona. Y aunque la vida nos hiriera en lo más hondo y la sombra de la derrota clavara su ojo de buitre sobre nuestros enflaquecidos miembros, Lola sabía consolar nuestra pena y callar la rabia que, en aquellos tiempos de dictadura cruel, ocupaba las pupilas de cada uno de nosotros. Y quizás por eso la queríamos, a nuestra manera, porque nos volvía la vista hacia los buenos tiempos, hacia una época dorada que algunos notaban ya muy lejos y que otros, como yo, no habíamos llegado a vivir pero también llevábamos clavada dentro como un aguijón infectado.
Porque yo me libré de la guerra, pero nadie me salvó de la inquina, del padre rojo abatido a tiros y de esa madre con la pechera abierta y la lágrima al borde del párpado. Nadie excepto Lola, con su risa abierta y franca, con su carne y su cama expuestas a mis manos calientes. Lola la negra, la venida de otro mundo para mecernos en su pecho moreno y volvernos a todos niños de nuevo. Mi Lola, la que aún hoy, después de tanto tiempo, vuelve de entre los muertos para enternecer mis sueños.