r

De Rusia solo le quedaban ciertos fantasmas y aquella curiosa forma de hacer la cama, remetiendo bien las sábanas por debajo del colchón para no dejar escapar el calor de los cuerpos. El resto, si alguna vez lo había habido, se había ido perdiendo con el tiempo y con el hambre de cambio que la había acompañado a lo largo de su vida.

Nunca le pregunté si extrañaba aquella patria ausente, y si lo hacía nunca me lo dijo. Hablaba del mar y de la bruma, del tedio de los años y de cuántas arrugas le surcaban la cara. Hablaba también, a veces, de hombres y de cuerpos, de sudores que se le adherían a la piel y cambiaban la cartografía de su espíritu. De todos aquellos hombres buenos que habían pasado entre sus piernas, hombres y mujeres como yo y como ella, sedientos del amor que nunca llegaríamos a encontrar. Esos hombres que, trancurridos los años, todavía calentaban una cama que habría de salvarla del abismo una y otra vez. La misma que tantas veces me había acogido a mí, la misma que hacía a la rusa cuando el frío apretaba tras los cristales. Aquella cama, su cama grande y hosca, que sería con el tiempo el único lugar donde realmente llegaría a sentirse a salvo.