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Habla el hambre. Desde el fondo de un estómago que no es el mío, desde Cleo y su llanto, quedo, a media voz, como lloran los que se duelen de heridas que no sanan. Habla y me habla, me mira, me roza, y yo que me retuerzo y tiemblo, que me sacudo las caries y me aprieto las encías. Me contagio y lloro. Lloramos. Ambos. Clavadas las uñas en las palmas de las manos, la voz en la garganta y Coco bailando en la cocina. Mi Coco, la suya, la nuestra. Coco la de Berlín, la que nunca creció, la que tuvo siempre dieciocho. La que nunca morirá porque siempre llevaremos dentro, bien guardada en nuestro corazón, como el pájaro del pecho que pía sin miedo. Valiente. ¿Me oyes? Valiente. No como nosotros dos, par de dos, lloricas que estremecen, que desatan los fantasmas y los dejan rondar, que se aprietan las rodillas contra el pecho y piensan en mamá y papá, en ven a salvarme que me muero de frío. Valiente como pocas, sin hambre, sin tripas, sin años. Coco.

-¿Bird? - Cleo me mira con sus ojos enormes.
A veces siento que puedo nadar dentro de ellos. Extender los brazos y recorrerlos limpiamente, brazada a brazada, hasta dar con el otro lado, con el reverso de quien es ella.
-Perdona, no digo más que tonterías. Ya lo sabes, a veces me pasa y no puedo parar. Tonterías, más y más tonterías. Es el hambre, Cleo, el hambre que atenaza siempre. ¿A ti no te pasa? A veces como sin parar, la nevera entera, la cocina entera, a ti y a Coco, a muchas otras, y sin embargo persiste, araña y me hace sangre. El hambre, Cleo, ¿sabes de qué hablo? - le escupo, me escupo, confieso.
Cleo no es una monja. No sabe nada del hambre y, sin embargo, lo sabe todo. No llora, no de cara, al menos, no como lloro yo a veces. Le tiemblan los párpados y las pupilas, la boca, la risa, pero no llora. No ella, no así.
-El hambre - dice.
Yo asiento y escucho a Coco en algún lugar del piso. Habla fuerte, un poco ronco, pero Cleo no parece escucharla. Quizás no quiera hacerlo, quizás hoy hiera más que nunca. Quién sabe.
-Sí. El hambre. A veces me da ganas de morir. Pero nunca muero, nunca muero, Cleo. Nunca pasa - ella sonríe un poco y se sienta junto a mí.
-No te voy a dejar morir. Cocinaré lo que haga falta, pero no te vas a morir, ¿me oyes? - acaricia mi mano como lo haría una madre. Mi madre.
-¿Y a Coco? ¿Dejarás morir a Coco?