A veces amasaba la vida en la cocina, ajena al hedor que desprendían las paredes del cuarto que acogía nuestros huesos. Yo la escuchaba, hecho un amasijo de carne y miedos, mientras Coco sacudía la cabeza y apretaba sus labios heridos, su boca de pájaro, para tragarse todas aquellas palabras que luego empequeñecían su estómago y le quitaban el hambre.
-¿Por qué lo hace? - me preguntaba, expuesta a la vista, a mis ojos y a los suyos, mientras el frío se acomodaba en los recodos del cuarto.
Yo me encogía de hombros y dudaba entre hacerla callar o abrazar su cuerpo contra el mío, pero antes de armarme de valor para elegir, Coco ya había abierto el armario y buscaba en él algún vestido de los de antaño, algún resto de Berlín con el que hacerse la valiente para salir a la calle.
Y mientras ella aireaba lo insalvable, yo seguía escuchando a Cleo en la cocina, amasando no solo la vida, no solo aquello que nos llenaría la tripa más tarde, sino todos los sueños que una vez trajo consigo y que había dejado apolillándose junto a la ropa de Coco. Sus sueños y los míos, los de los dos a la vez y los que alguna vez dijimos que construiríamos, mezclados con la verdura de la sopa y con el pan caliente que, a veces, más que sanar enfermaba lo poco que quedaba de nuestros espíritus.