Se alza la bruma sobre la ciudad, cercando las respiraciones, atrapando las flores y los gestos, a los gatos callejeros y a la muchacha que corre con el corazón en las manos. Se alza, valiente, y arrasa con todo y con todos, con el llanto atroz en el rostro, con la voz, esa voz muda, ese grito que sacude las miserias de todos los fantasmas que se cruzan con ella. Y sin embargo, allí sigue la muchacha, al borde del precipicio, sin parar de correr, sin rendirse nunca. Allí está, Kokoro, la mujer sin alma, la ausencia clavada en el fondo del estómago.
-No hablaba casi nunca - dice Francesca.
Ha envejecido, pero sigue luciendo el mismo sombrero de ala ancha, los mismos ojos grandes de niña. La misma mirada en una cara distinta, ajada por el tiempo, por esa bruma que enternece el río algunas tardes. La que le trae a Kokoro y la que la devuelve a mí, a mis manos y a mi cuerpo, aunque lo que la habita anide lejos de la cama y de todo lo que somos en este momento.
-Lo contrario a ti - contesto.
He envejecido. Yo también, aunque ella no se de cuenta. Quizás porque siempre fui un viejo, porque yo no soy ese pasado que se le revuelve en las tripas, que corre a través de las calles sin dejarse atrapar por aquellos que lo perseguimos.
-A mí me gustaba hablar - asiente.
Lleva el pelo corto como un muchacho. Como Kokoro en aquel tiempo, como la mujer poeta, la mujer hombre de los pechos menudos y la carne pálida. La china de otro mundo, salida de quién sabe donde, la que atrapó su corazón cuando era una chiquilla. Como Kokoro y, sin embargo, tan Francesca como siempre, tan ella misma que abruma al mirarla.
-Y a ella escucharte - concedo.
Y aunque no lo sé, aunque nunca estuve allí para saberlo, siento que así era, que a Kokoro le gustaba escuchar aquella voz salida de su pecho, de lo más hondo, aquella voz que hoy la devuelve a una vida que nunca quiso tenerla entre sus brazos.
Francesca levanta la mirada y vuelve a tener trece años. La carne se le estremece, tiembla como las flores en los puestos junto al río, esos puestos, ese río, ese rumor cálido de la ciudad que tan bien conocemos. Pero no dice nada más. Se cala el sombrero, apura un beso en la mejilla y, levantándose, deja que la coja de la mano y la lleve hasta la puerta.
Y de regalo, esto.