x (del amor y de Kokoro)

A veces hablaba del amor. Del amor y de Kokoro, de los puestos de flores junto al río y de lo mucho que lloró el día que todos se marcharon. Recuerdo cómo dejaba el sombrero sobre la cama, se sacaba los zapatos, aquellos acharolados que no se quitaba nunca, y sin mirarme empezaba a hablar, saltando de aquí a allá, ahora de los mares del sur, más tarde de aquella China recóndita que había sido su hogar en la imaginación. Y al final Kokoro, la mujer poeta, la de la boca abisal y pálida. Aquella Kokoro muerta que flotaba entre nosotros como la niebla sobre el río, sobre el amarillo del agua infestada de fantasmas.
-Doraba las calles al mirarlas - decía Francesca, ya desnuda, ya bajo las mantas.
Y yo buscaba su cuerpo mientras ella hablaba, y pensaba que sus formas eran las de una Kokoro a la que nunca había visto y a la que, sin embargo, quería con locura. Sin rostro y sin carnes pero caliente al tacto. Hecha para quererla, como decía Francesca, adormilados los ojos sobre su cara de muchacha. Hecha para quererla, repetía yo, resignado a la siesta y a las manos quietas junto a los costados. Para perdurar, para llenar lenguas y bocas con el sonido áspero de su nombre, ese Kokoro que es amor, que fue Francesca algunas tardes y todo lo demás el resto del tiempo, como el viento que sin poder evitarlo se apropia del pulmón y lo colapsa. De la misma manera, con la misma fuerza, así dormía Kokoro entre nosotros. Saboreando nuestras pieles y apretándose a la que había sido su mujer, su niña, su corazón y la tierra de su tumba.