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Nada sabíamos de guerras en aquel tiempo. Aquel tiempo amable, el tiempo de reír y de correr, el tiempo del asfalto temblando bajo las suelas de nuestros zapatos. Nada sabíamos ni de guerra ni de llanto, ni de la llaga expuesta al aire, a lo atroz del hedor que saciaría más tarde nuestras bocas sedientas. Y aún así, sin saber, desnudos con nuestra tonelada de ropa, con tus ojos abiertos al alba y aquella boca llena de dientes, la de la dama blanca, notábamos algo, intuíamos allá a lo lejos que algo venía, que se acercaba veloz como el viento, como el latido desbocado de tu corazón dentro de tu pecho. Ese pecho que tanto quise, que apreté contra el mío hasta sentirlo estallar, floreciendo en tus pupilas y en las mías, contagiándose de aquel hedor, de aquella guerra ajena que se presentó sin avisar y arrasó con todo lo que éramos. Esa guerra, la maldita guerra de los niños tristes, de los valientes soldaditos de plomo que no la vieron venir aún teniendo la pólvora entre las manos. Los soldaditos llorosos, tú y yo, Coco y Bird, el pájaro y el monstruo con cara de princesa.

-Yo te quise tanto - dijiste.
Fuera llovía. Cleo lloraba en alguna parte, en aquel piso pequeño que era la guarida de todos nosotros, de aquellos mutilados de la guerra, del despojo que no supo qué hacer cuando se alzó la bandera blanca.
-Yo te quise tanto - repetiste.
Te hería Cleo, allá donde estuviera. Te hería aquella herida, su herida grande y extraña, la herida ajena a la guerra, a todo lo que te era conocido. Y a mí he hería que te hiriera, no ser capaz de sacarla de allí, de abofetear su temblor y decirle que qué sabría ella de la vida, qué sabría la niña mimada, la muchachita buena, que nunca había tenido un fusil en la mano. Pero no podía, y tú lo sabías, y yo también, y Cleo, allá donde estuviera, sabía también que ninguno de los dos éramos capaces de echarla. Porque la necesitábamos, ambos, pese a todo, la necesitábamos porque nos traía comida y agua, nos lavaba y sanaba las heridas que, cansados de luchar, nos hacíamos durante la noche para calmar el escozor de tanto recuerdo engangrenado en las entrañas.
-Debimos morir en Berlín - dije al fin.
Tú me miraste y te temblaron los labios. La luz cambiaba despacio, el día crecía allá en la calle, allá en París o en donde fuera que nos encontráramos, cambiaba y deslucía tu rostro, ese rostro que era otro cuando se cubría de tinieblas.
-En realidad lo hicimos, Bird. En realidad lo hicimos, aunque nunca llegáramos a aceptarlo.