Se agita la ciudad, convulsa. Se agita dieciséis pisos más abajo, mientras la rusa llora. Aquí, ahora, a lágrima viva. Llora la rusa vestida de Japón, con el kimono apretado y los pies desnudos. Con el coño frío y la carne amoratada, a medio cocer, a medio calentar. Como toda ella, como todo lo que es y ha sido, como lo que será si no se mueve, si no se levanta y echa a correr, escalera abajo, calle abajo, país abajo. La rusa. Mi rusa. Saeko.
-Una vez amé - dice un día.
Llueve. Tokio preñado de lluvia, de la límpida sensación que deja el agua acariciándonos las mejillas. La misma que nos sacude el cuerpo, que roza las pupilas y las yemas de los dedos. La de la entraña llena, recién alimentada, somnolienta y agradecida. Esa sensación, la de algunos días, los días buenos en los que esa lluvia trae recuerdos que no hieren.
-Lo sé - le digo yo.
Una vez amó, la rusa. Lo palpo en sus carnes, en sus pechos pequeños, en la redondez de sus caderas bajo mis manos. Palpo el amor retenido, enclaustrado, ese amor que grita, que se agita bajo la epidermis. Lo noto ahí, el regusto, el resto de lo que fue, y ella comprende y se deja, asintiendo, diciéndolo en voz baja, sí, sí, yo una vez amé y fui amada, yo una vez quise y aún lo recuerdo.
-¿Por eso me quieres, porque una vez amé? - me pregunta.
Se ha puesto el kimono. La habitación pierde el calor, se deja abrazar por la lluvia que lava las calles, por esa lluvia nuestra que nos acuna lentamente.
-No lo sé. Quizás sí - me encojo de hombros.
Quién sabe, pienso. Quién sabe por qué tú, Saeko, con tus ojos grandes, con tu piel traslúcida sobre la cama. Por qué tú y no otra, otra cualquiera, una llore menos y no parezca siempre tan hambrienta.