Flotaba en el puerto un olor nuevo. Denso como el perfume de las flores pero más plomizo, más cercano a lo podrido. Ella lo intuía en el aire, lo rozaba con la yema de los dedos, lo respiraba como se respira la pena, a sorbos lentos, dejando que coagule en la garganta. Y luego me hablaba de él, de aquel olor distinto, de los rostros de la gente al encontrárselo, al saborearlo en la lengua antes de tragar. Me hablaba de cómo la lágrima acudía a sus ojos, de la nostalgia que brotaba en las pupilas, en aquellas sonrisas tardías que rozaban los labios de quienes sabían que olían algo ya vivido, algo del pasado que seguía allí presente, inalterable. El olor del dolor, decía Saeko, el que siempre vuelve, el que se camufla con las flores y, sin embargo, sobrevive, se alza valiente por encima, acariciando los pétalos y dejando tras de sí el regusto de lo amargo en los tallos recién cortados.

-Ese olor, Haruki, el que tú tan bien conoces. Ese olor está presente allí más que en ningún otro lugar, tan denso que puede tocarse, cortarse con un cuchillo como si fuera mantequilla caliente. Y la gente lo nota, lo palpa, huelen hasta el último resquicio. Igual que lo noto yo lo notan ellos, como si nos hermanara lo agrio del pasado, o del presente, o de lo que sea que nos hiere. Y no le importa de dónde seamos, no importa la patria, Haruki, porque él está ahí y no sabe de lenguas ni de etnias, no entiende de pieles ni de rasgos. Él está ahí, delante de nosotros, flotando alrededor de las frutas, de las bolsas de carne y de los toldos abrasados por el sol. Está ahí porque nosotros estamos ahí, y aunque queramos no podemos escapar de él - decía, ya en casa, ya en las alturas.
Y yo asentía y trataba de imaginarme aquel olor, de imaginar cómo golpeaba su cuerpo cuando, vestida de verano, salía a pasear por el puerto antes de encontrarnos. Cerraba los ojos, con sus manos sobre mis rodillas, e inhalaba buscando el resto en su piel, la brisa de aquello que le crispaba el rostro y la volvía mansa como un cordero. Aquel olor que ella decía que era universal y que yo, sin embargo, era incapaz de percibir. Quizás porque mi dolor no era como el suyo, o quizás, tal vez, porque estaba tan acostumbrado a que me envolviera que ya formaba parte de mí.