Juegan los muchachos en las calles. Juegan a los juegos buenos de antaño, a perseguir la risa que sale de tu boca, esa risa que se pega a mis entrañas y tira de mí, la risa que una vez fue tuya y hoy es la de un fantasma. Juegan como jugamos tú y yo una vez, con la valentía de los niños, con el furor de quien sabe que un día se encontrará cara a cara con la muerte. Con el mismo miedo y las mismas agallas, con el mismo pulso firme que ayer fue nuestro y hoy es el de esos otros que vinieron a ocupar nuestro lugar. Así juegan, los muchachos, y así juegas tú esta mañana, desnuda, valiente, llena la tripa y la boca de esa risa que, pese a todo, sigue volviendo a nosotros una y otra vez.
-Sabes, Bird - me dices.
Tus ojos se clavan en la calle, en los niños que cargan sus fusiles sin saber que, en las alturas, alguien los observa.
-Qué.
-Yo solo quería ser una chica valiente. Solo eso, una chica que no le tuviera miedo a nada. No quería ser un soldadito, ni la guerra ni todo aquel dolor. No quería hacerme amiga de la muerte, solo quería ser una chica valiente, una de la que todos estuvieran orgullosos.
Te apartas de la ventana y tu cuerpo busca el contorno de mis manos. Te tiembla la carne, exuda el llanto que te tragas mientras tus ojos parpadean la lágrima, el recuerdo de lo que una vez quisiste y quizás nunca fuiste capaz de encontrar.
-Una chica valiente - digo yo.
Tú asientes. Te arden las mejillas, la boca abierta, el sexo que apremia mis dedos temblorosos. Pero no te toco, no hoy, no cuando sé que eres la que fuiste y no la Cleo de ahora, que sé que quieres que te hiera porque así todo es más fácil.
-Pero tú eras una chica valiente, Cleo. Siempre lo fuiste, la más valiente de todos. Yo siempre quise ser como tú, ¿sabes? - trago saliva y tú tragas también, esbozando esa sonrisa que será risa franca cuando acabe la mañana.
-¿Tú cómo yo? ¡Pero si todos querían ser como tú! ¡Tú sí que eras valiente! - hay algo incrédulo en tu voz, algo parecido a la inocencia que me hace sonreír.
-Pero eras tú quien me hacía serlo, Cleo. ¿Nunca lo has pensado? Puede que al final todo aquello se nos fuera de las manos, puede que de tan valientes que quisimos ser acabáramos con el rabo entre las piernas, pero si salimos de allí con vida fue porque tú estabas conmigo. Siempre fuiste tú, Cleo, por encima de todos, quien me mantuvo a flote, quien calmaba mi llanto cuando notaba la muerte pisándome los talones. Sin ti hubiera muerto hace muchos años, me hubiera entregado a la heroína como un niño. Pero tú me hiciste seguir, me diste fuerzas, me das fuerzas ahora. Porque eres valiente, Cleo, porque tú has mirado a la muerte a la cara y, aún así, has decidido seguir viviendo.