Enternece lo violento de su sexo al sol. Expuesto a la vista, al tacto de los dedos largos de Naoko, a la luz del final de la tarde que cae sobre nosotros. Enternece por lo abrupto y por lo sabio, por todo lo que dice, ahí entre sus piernas, entre esas piernas lánguidas, entre esos muslos pálidos donde una vez recosté todos mis sueños. Y, sin embargo, pese a toda esa violencia, a los colores que parecen desteñir su carne, siguen los corazones a su ritmo.
Sigue el de Naoko, que olisquea y sonríe, que parece decir ¿Y qué esperabas? Sigue el de Enrique bombeando al otro lado, detrás de la guitarra, enterrado en ese pecho rudo que parece no comprimirse nunca. Siguen los de los otros, los de los rusos que hoy nos acompañan, el de la muchacha salvaje salida de quién sabe donde que hizo los coros del último concierto. Siguen todos menos el mío, mi corazón pequeño, mi corazón enorme, según como se mire. Ese corazón que respira el aire trémulo de Charlotte, de la hembra sabia, del sexo al sol de la tarde que empieza a ser noche sobre nuestras cabezas. Ese corazón que tiembla y se sacude, que alza sus manos para aferrarse ahí donde siente que debe estar, ahí sobre las rodillas, sobre el regazo caliente de esa mujer que es la madre de todos nosotros.
Charlotte se da cuenta. Lo sabe siempre, en realidad, sabe que mis ojos la miran y se abren, que se la beben cuando saca los huesos de la ropa holgada que lleva a veces. Lo sabe cuando ronda Naoko, su Naoko, la nuestra, cuando con su nariz de niña olfatea el aire que la envuelve. Y como sabe, como siempre sabe, exhibe con gana, con rabia, con esa calma que solo las criaturas como Charlotte llevan dentro.
-Eh, Teo, ¿crees que lloverá esta noche? - dice de pronto, atravesando el rugido de la música con su voz suave.
Se vuelve un poco y me mira, y sonríe, y todos los corazones que allí habitan siguen latiendo a su ritmo. Porque Charlotte me habla a mí al final de la tarde, solo a mí, pese a Naoko que la abraza, pese a Enrique que canta para ella. Y solo yo noto la violencia, solo yo siento dentro todas esas palabras mudas, todo ese amor que a veces, cuando nadie mira, deja salir para que crezca fuera de su cuerpo.