Nada supimos de los ciervos. Qué fue de ellos, si volvieron a amar, si llegaron a encontrarse con la tormenta de la que hablaron tantas veces. Nada supimos de ninguno de ellos, ni siquiera del más rápido, del que caló en nuestros pechos y nos hizo quererle para siempre. Nada, ni la migaja, ni una postal en primavera. Ni el atisbo de una voz en el viento, ni la risa cálida que mecía tu cuerpo aquellos largos días de diciembre en los que algo dolía y no sabíamos que era. Ni siquiera eso. Ni siquiera eso.
-Un día soñé que volvíamos a encontrarlos - dijiste.
Acababas de vestirte y tu cuerpo temblaba. Mecía la luz tus rodillas, el cerco oscuro de tu pelo sobre tu frente, tu voz, esa voz buena que se comía las sombras que a veces se acercaban a nosotros.
-¿Y fue un sueño bueno? - te pregunté.
Tú asentiste sin decir nada. Levemente, la cabeza a un lado, el pelo rozando la tela de tu vestido de verano. Pero no lo era, no lo era porque nada podía serlo cuando se trataba de ellos, cuando los ciervos venían a tu encuentro para sacudirte las mantas y decirte que tú les heriste, que tú acabaste con ellos.
-Fue un sueño bueno - dijiste al fin.
Llorabas. Con los ojos secos, con la boca sonriente. Pero ahí estaba, el llanto en el recuerdo, en el sueño, en mi piel pálida y fría. Ese llanto seco que carcome a veces, cuando olvidamos que estamos aquí, que no morimos cuando debimos hacerlo.
-Seguro que lo fue - digo yo.
Y tú sonríes ahora, sonríes de veras y recuerdas cómo eran de niños los ciervos, cómo jugaban en la calle con sus cuernos a medio hacer, con aquellas caritas cargadas de sueños. Recuerdas y volvemos a estar allí, otra vez, en el Berlín de otro tiempo, en el que los muchachos eran cervatillos y no soldados con las venas abiertas. El tiempo antes del desastre, de la heroína que venció, aquel tiempo en el que tantos fueron felices sin saber que años después estarían muertos.