Sudor y lágrima, dices. Tu sudor y tu lágrima, la lengua que busca, que bebe, que palpa en la carne el sabor amargo de la herida. El sudor caliente de tus noches, de las noches en celo, en vilo, abiertos los ojos y el pecho, las manos que aspiran los ruidos de la ciudad. Todo eso, dices, todo eso hiere cuando llega el invierno. Cuando el frío se instala y se acomoda, se ajusta a la piel como un jersey de lana, y aprieta, aprieta tanto, dices, aprieta como tus manos en mi cuello, como la soga, como el sudor y la lágrima que se desbordan en esta oscuridad que nos acecha.
Aúlla el viento. Maúlla. Y tú que te conformas con la sopa fría, con el té de la mañana, con recalentar algo cocinado por el monstruo de debajo de la cama. Aúlla el miedo. Y tu tripa, y mi tripa, y Cleo que está herida y sola, que es la niña de ayer, la de antaño, la de Berlín y los fantasmas. Y entre tanta voz que se desgarra, yo callo. Porque qué voy a decir, si hoy somos lo que otros fueron antes de morir, lo que hubiéramos sido de seguir sus pasos, lo que seremos si hoy es mañana y todos los mañanas que nos quedan. Qué voy a decir, Coco, si eso tú ya lo sabes, si lo has sabido siempre.
Sudor y lágrima, dices. Y el tumor en las entrañas, en estos cuerpecitos nuestros.