Alguien habló del frío de diciembre, de la palidez de los domingos, de la noche abierta en canal sobre tus manos. Del tedio y la demora, de tus miedos y los míos, de la risa del niño que me habita algunas veces. Alguien habló de todo eso, allá en la calle, allá en el país de los pájaros hambrientos. Donde estamos tú y yo, y este día que termina, y este llanto que me ahoga. Donde la miseria huele a pan y el pan a carne trémula.
-Amaron los rusos como nadie - dices.
Se vuelca el amanecer sobre este Berlín obsceno y tembloroso. Se viste de blanco, planea como un pájaro y desciende hasta tocar tus mejillas calientes. Las mismas que templan mis manos, que calman el dolor cuando el frío aprieta.
-Puede que lo hicieran - respondo.
Tú sacudes la cabeza, los hombros, el animal valiente que te late en el pecho. El cuerpo entero diciendo que sí, que los rusos amaron mejor que ninguno, que supieron ver lo que nosotros no vimos. Los rusos, aquel par, tan rubios y tan flacos, tan heridos de muerte que no llegaron a terminar el invierno.
-¿Crees que se amaron más que nosotros? - te pregunto.
Berlín crece en tu mirada, en tu boca que se curva y sonríe.
-Sí, lo creo. Ellos se amaron para siempre, hasta el final, hasta el último aliento - contestas.
-Nosotros también lo haremos - te digo yo, vuelta la vista hacia el pasado, hacia aquellos que se fueron y a los que tanto lloramos.
-¿Para que nos lloren como a ellos? - preguntas, pálidas las mejillas, pálidos los ojos al clavarse en los míos.
-Para que nos lloren como a ellos.