C

-Hoy soñé que Virginia Woolf me amaba - dice Francesca.
Aprieta las flores sobre su regazo. La primavera en sus muslos, en la luz dorada que acaricia las medias de nailon que aún no se ha quitado. Aprieta con fuerza, con garbo, esas florecitas suyas, el regalo mío, aquel que llevaba su nombre en el puesto más grande del mercado.
-Te hubiera amado, de haberte conocido - le digo yo.
Ella lo sabe como se saben las certezas de la vida. Que la habría amado con locura, hasta la extenuación, y que la muerte las habría arrastrado a ambas si se hubiéran dejado. Que Virginia habría aceptado la sentencia, y que ella habría salido huyendo, dejando atrás un amor tumefacto de muerte y miseria.
-¿De verdad lo crees? - pregunta, abiertas las piernas, desnuda la carne de primavera y nailon.
-Lo creo. Te habría metido en su cama y habría llorado sobre tu pecho expuesto. Y tú habrías sabido calmar su dolor, sanar la herida de su cuerpo. No por mucho tiempo, pero lo habrías hecho.
Parpadea un poco y luego sonríe. La vejez abruma sus pupilas, los surcos leves que arañan su rostro rosado. Vuelve entonces Kokoro a la memoria, a la raíz de sus cabellos, a esas manos que desnudan el cuerpo que más tarde será parte del mío.
-¿No he sabido amarte como es debido? - dice al fin, tendida en la cama, entregada a la grandeza de mis manos.
-¿Cómo se ama como es debido? - le pregunto yo, apartando las flores, buscando el temblor que anida en sus miembros algunas tardes.
-Como tú amas.