(uno)

Fue Amanda una de esas mujeres difíciles de las que te enamoras sin darte cuenta. No hubo flechazo ni herida, ni la rabia encoñada que le pica a uno cuando la hembra se le resiste; y no la sintió tampoco ella, si bien en sus miembros nunca prendió esa chispa que tú exudas como sudor caliente cuando te tengo entre mis brazos.

Sin embargo, pese a que yo, en aquellos tiempos mejores, solía apañarme las noches con fulanas de medio pelo, sobradas en carne y faltas de remilgo, y, por qué no decirlo, con el recuerdo de Lola y su falda floreada, siempre acababa volviendo al recuerdo de su cuerpo juncal y sus ojos grandes. Una y otra vez, sin saber por qué y sin sentir el escozor que yo creía propio del amor entonces, cuando no era más que la calentura de mis mejores años.

Supe más tarde, como se saben las cosas que realmente importan, que aquella mujer distante, de la que tan poco sabía, se había agenciado mi mejor yo desde la primera ojeada. Sin ser ni guapa ni fea, sin ser nada de lo que por aquel entonces yo presumía de llevarme al catre, fue ganándome poco a poco sin que supiera por qué ella y no cualquier otra. Y quizás por eso, porque aún hoy esa mujer que me mira desde el otro lado de la mesa, rebasada la cena y la copa, sin mediar palabra, sigue siendo un misterio, la quiero más que a nadie. Porque la quiero, bien lo sabe Dios, aunque tú y tus piernas de corza me esperen en la cama cada martes por la tarde. Aunque te lo diga a ti y tú no te lo creas, y aunque aún me atreva a negármelo a mí mismo cuando mis ojos y los suyos se hieren en la oscuridad de esa casa en la que convivimos como extraños.