Solías decir que yo era Berlín algunas tardes. Desnuda en la cama, vestida en el metro, caliente bajo la mesa de la cocina. Decías eres Berlín porque eres bello. Y yo nunca llegaba a creérmelo del todo.
-Serías un hombre bueno si no me hubieras conocido - me dijiste una vez.
Habías llorado. No hacía mucho, quizás antes de la cena, puede que después del paseo. Habías llorado con lágrimas pequeñas, sin pena ni temblor, con la inercia que te sacudía algunas veces. Y yo había llorado contigo, en silencio, en otra habitación y en otro mundo, pero con las mismas lágrimas, por la misma herida que no era ya más que el pálido recuerdo de otra mucho más grande.