a los despertadores no les gusta que los golpeen a las siete y veintiseis

7:26 am. tú deberías levantarte a las siete y media.
-Oh, no, no, no, noooooooo. Por favor, es demasiado pronto. Arrgggg - una cabeza se esconde bajo la almohada.
Unas piernas patalean, una mano a tientas busca apagar ese sonido estridente.
-Solo cinco minutos más, cinco minutitos más - se le han cerrado los ojos otra vez y se olvida del frío que siente su pie izquierdo fuera de las mantas.
7:46 am. Tu autobús pasa a las ocho, ¿qué haces que aún tienes la cabeza escondida debajo de la almohada?
-Oh, pero... ¡qué diablos! Joder, joder, joder. ¿Cómo me he podido dormir? ¡Si eran cinco minutos! C-i-n-c-o m-i-n-u-t-o-s - se ha puesto de pie en la cama y amenaza con la almohada a algún ser superior que se alza por encima de su cabeza.
Salta de la cama, tropieza con las mantas que ha tirado cuando aún le daba tiempo a coger el autobús y cae todo lo larga que es al suelo.
-¡Es que hoy es martes trece o qué! - se arrastra hasta la puerta del armario, se pone un calcetín de cada color y la misma camiseta de ayer.
No tiene un puñetero vaquero limpio y se le ha acabado la pasta de dientes. Se hace una coleta y se lava la cara. ¿Pintarse? Qué te apuestas a que parecería un payaso de feria. O no encontraría el pintalabios. De hecho, ¿dónde está el pintalabios?
-¡Si lo dejé encima de la estantería! - sale del baño en bragas, camiseta y calcetines.
¿Por qué no hay vaqueros limpios cuando los necesitas?
8:00 am. Ese sonido te resulta familiar...
Acaba de encontrar unos pantalones en el fondo del armario. Ha engordado dos kilos desde la última vez que se los puso. Ha tardado cinco minutos en entrar en ellos y ha gastado la saliva de media mañana en improperios y palabrotas que harían escandalizar a su madre.
-No puede ser... - dice, al escuchar el ruido.
Se asoma a la ventana y ahí está. El autobús, SU autobús. Embutida en unos vaqueros que le quedan pequeños, con los calcetines desparejados y la camiseta sucia mira como su autobús se va.
-Y ahora qué - se le está poniendo la boca de puchero, como cuando era pequeña y ya no quedaban galletas en la despensa.
8:03 am. ¿Quién llama por teléfono a estas horas?
Le da la vuelta a su cuerpo y avanza cabizbaja hasta el pasillo. Salta el contestador antes de que lo coja.
Princesa, recuerda que hoy tienes el día libre, no vaya a ser que te hayas levantado y cuando llegues al trabajo veas que no hay nadie. ¡Ah! Te dejé una pila de vaqueros recién planchados en la mesa de la salita, que los tenías todos sucios y seguro que cuando vayas a ponértelos recuerdas que no los has echado a lavar. Te quiero.
Mira el teléfono fijamente y de pronto se pone a llorar. A mares.
-¡Y encima he engordado, joder!

en las historias de amor a mi manera hay bicis malas y peces que te miran

Huele a hospital. Ya sabes, ese olor aséptico, como raro, que se te mete en la nariz y se queda allí hasta muchas horas después de haber salido. Te miro y me miras y sonreímos un poco con la cara que ponen los niños cuando han hecho algo que no deberían hacer.
-Anda, cuéntame alguna cosa - me pides.
-¿Alguna cosa como qué? ¿Algo divertido? ¿Te cuento una cosa graciosa sobre mis botas de agua? – contesto yo.
Muevo los pies y haces una mueca de dolor.
-Algo bonito – yo imito tu mueca.
-Eres un blandengue. Si es una heridita de nada – me sacas la lengua y la enfermera se ríe.
Yo me río, tú te ríes. Huele menos a hospital si te estás riendo. ¿Alguna vez te has dado cuenta?
-Sí, soy un blandengue. Un viejo blandengue al que no le gusta la sangre. ¿Me quieres contar algo bonito para no pensar en ello? – pones ojos de cachorro y me gusta.
-Así que algo bonito, ¿eh? Pues vamos a ver. Había una vez una chica a la que le gustaban mucho las bicicletas….
-No, no, nada de bicicletas. Definitivamente, por hoy ya ha habido demasiadas bicicletas – la enfermera me mira y yo me encojo de hombros.
Ay, a ver si ahora le vas a coger miedo a las bicis por haberte caído. Con lo que a ti te gustan.
-Pues a ver… jo, qué difícil. Mira que no se me ocurre nada ahora, ¿eh? A ver que piense… - me hago la remolona.
Me gustan tus ojos de cachorro. Me dan ganas de consolarte.
-Venga, ya, lo que sea. A este paso va a dar igual.
-Vale, vale. Ya lo tengo. Imagínate que tú y yo fuéramos novios. Jo, eso es más gracioso que otra cosa…
-Sigue.
-Pues eso, novios. Me vendrías a buscar al salir del trabajo y yo te esperaría en la puerta de mi casa con un libro que te gustara.
-Eso podemos hacerlo sin ser novios.
-Mira que eres tonto. Me vas a chafar el cuento. Sería un libro de novios. Yo redondearía palabras dentro y te contaría otra historia que tendrías que ir descubriendo. También coleccionaríamos peces juntos. Te dejaría que eligieras peces por mí, y mi casa pecera sería nuestra casa pecera. Por la mañana antes de desayunar haríamos el amor y todos esos peces nos mirarían, y nos haría tanta gracia que se nos atragantaría el café y lo pondríamos todo perdido. Pero daría igual, porque tendríamos libros con historias inventadas dentro, y los pies del otro para calentarnos en la cama cuando hiciera frío. Daría igual que te cayeras de la bici y te hicieras daño porque sabrías que yo te contaría algo bonito y te haría sonreír y olvidarte de que no te gusta la sangre. Si fuéramos novios, tú y yo, seríamos como la lluvia de verano. Como un chaparrón sin paraguas, de los que te calan hasta los huesos pero te gustan porque te hacen sentir más niño o quizás más vivo – hablo y hablo, como los loros.
A ti te encantan los loros.
-¿Ya está? ¿Tan pronto? – digo de pronto, mientras la enfermera termina de vendarte el brazo. Tú no dices nada, solo me miras con ojos de búho.A mí me encantan los búhos.
-Sí, tan pronto. En un ratito os traigo el alta y podéis iros a casa.
Se marcha y tú sigues sin decir nada.
-¿Y bien? ¿No te ha gustado? A ti siempre te gustan mis cuentos.
-Tú no coleccionas peces – me dices.
-Pues no. Nunca se me había ocurrido coleccionar peces, la verdad.
-Creo que deberías coleccionarlos.
-¿Por qué? Si los peces no son como los perros, que juegan y menean la cola cuando te ven. Los peces en realidad deben ser muy aburridos, y segurísimo que no tienen ni idea de quién eres cuando los miras desde el otro lado del cristal, aunque les cuentes cosas todos los días y les des de comer – contesto.
-Pues no sé cómo lo vamos a hacer, porque a no ser que sepas algún método mejor, para reírnos haciendo el amor y acabar tirando el café me parece que vamos a necesitarlos – dices.
-Pero si nosotros no somos novios.
-No. Pero creo que deberíamos serlo.